“Cada Punto de Vista” – Alvaro Indias, su “Otro arte” y el Casco Antiguo

“El arte, sí entiende de barrios”.

Aunque las personas con baja visión tengamos clara la estructura de un lugar, como en este caso, las calles del Barrio Alto, al menos algunas más frecuentadas y lo aprendamos porción a porción, como ya he explicado por aquí alguna vez, la cosa cambia cuando a una la llevan en coche hasta la misma puerta del sitio. Esto es lo que me ha pasado en esta última vez que visité el Casco Antiguo para buscar otro de los particulares “Puntos de Vista”. Si vas charlando con un amigo que se ofrece a acompañarte con su coche y no existen referencias visuales llamativas o demasiado conocidas pues te pasa lo que a mí: que llegas a la puerta,  el vehículo se para y te quedas como una tonta cuando preguntas ¿ya estamos aquí?. Esta vez sé perfectamente en que calle me encuentro porque mi referencia se presenta en forma de paredes blancas con macetas  colgadas y me sitúo en un callejón que me parece entrañable y delicioso: la calle del Rincón Nazarí. Justo antes de llegar al local, , se encuentra la puerta de atrás del estudio de alguien que también conozco desde hace años, Alvaro Indias, que en más de una ocasión me había invitado a conocer su “arteotro”, que sí, lo escribo así con minúsculas porque es una de las cosas que me llama la atención cuando, durante la visita guiada que hacemos por su casa y su taller, me topo con el gran cartél blanco con letras verdes que puedo leer perfectamente debido al gran tamaño y al contraste entre el blanco y el verde de las grafías. Que tontería será para vosotros, lectores que veis bien,  pero qué orgullo siento yo cada vez que puedo leer algo en tinta, que es como las personas ciegas denominamos a la forma de las letras normales, para entendernos. Es un sentimiento parecido al niño que consigue dar un paso solo y sin la mano de nadie, supongo. ¿Se escribe así, junto y en minúsculas?, le pregunto a Alvaro. “Si, si. Esa es la imagen de la marca”. Y le aclaro que, aunque él no lo sepa, el color verde es el que indica la baja visión. Esta es una de las paradas que hacemos en una particular visita guiada que Alvaro improvisa para mí, ya dentro de su casa taller,  después de que mi amigo Chescu Jimenez, que me ha hecho de conductor oficial hasta allí, me indicase desde el coche dónde estaba el portero automático para llamar. Eso, lo de descubrir el lugar en el que se encuentran los timbres de locales o saber la letra y el número del piso al que vamos,  también supone todo un periplo. Pero por fin, Alvaro sale al rescate a la puerta de su estudio y comienza nuestra entrevista.

Los tres pequeños patios, el olor a madera, la música que escucho de fondo, Alvaro, que se muestra previsor avisándome de escalones, sillas y alguna otra cosa por medio y hasta su perrilla, Candela, todo, todo me hace respirar arte y creatividad. Tras la visita por la casa y el taller, sentados en un sofá y con Candela pidiendome atenciones, vamos a comenzar la entrevista mientras imagino el lugar de contrastes, con maderas, cartones, hierros, aparatos de trabajo y una televisión de plasma, ordenadores o cámaras de vídeo de última generación y se me antoja un lugar singular, por lo menos.

Este pasado sábado en el Pasaje de San Juan, el arte se ha aireado, se ha lucido en estas calles del Barrio alto y es lo que le comento a Alvaro Indias. Hablo de esa mezcla cada vez más omogénea entre los artistas y este mágico lugar de Badajoz. Precisamente ahora que estamos en la Calle la Sal, como la denominarían nuestros mayores, comenta Alvaro. Aunque yo no he entrado por esa puerta, sino por la de atrás, como me apostilla. AL fin y al cabo estoy en la casa de un artista, de un hombre que podría haber nacido en el Renacimiento porque vive para crear. Asegura que un día, un cliente lo definió así y le gusta quedarse con ese concepto. “Pues sí, Susana, esta es mi casa y mi lugar de trabajo y solo salgo de aquí cuando tengo que ir a medir o a trabajar insitu a otro lugar porque amo el Casco Antiguo. Recuerdo que cuando me conmpré esta casa estaba para tirarla y construirla entera. Hace diez años me instalé aquí y lo hice porque me enamoré de este sitio y de sus gentes. Me recordaba a la forma de vida de mi pueblo.  Viví y vivo aquí por elección propia porque he residido en Valdepasillas, Pardaleras, o en las Vaguadas. Ahora hago memoria y me acuerdo de la época de los grandes conciertos del Mercantil, cuando tenía mi casa en Muñóz Torrero y los comercios daban vida a la calle, cuando no hacía falta que quedases con nadie porque te los encontrabas por ahí. La gente sabe lo que haces, te conoce y se interesa por ti. Eso era lo que pasaba en mi infancia en Aldea de Retamar, de donde yo soy”.

Quiero que me cuente la historia de su principio, de cómo alguien tan joven decide hace años venirse aquí a un barrio antiguo y a una casa en ruinas. Para Alvaro estaba todo muy claro, pero no para su familia. “Cuando mis padres vieron donde me había comprado la casa se llevaron las manos a la cabeza y me decían, muchacho, donde te has metido…no tienes ni idea y sin embargo, a día de hoy toodos estamos muy contentos con lo que hice. Me acuerdo de la cara que puso mi abuelo que era taxista en el pueblo y se encargaba de traer a la gente a Badajoz, para arreglar papeles o para venir a consultas del médico. Se conocía toda la ciudad al dedillo y cuando le conté que me había comprado una casa en la calle la Sal, me dijo que no sabía lo que hacía, que estaba loco y que me había venido al peor barrio del mundo.”.

Le pido que hagamos otra visita guiada desde el sofá y que nos cuente cómo es su “arteotro” y Alvaro transmite emoción en su respuesta, como si se sintiese orgulloso, legítimamente, de lo que ha construído y lo que aún le queda por construir. “La casa puede tener unos trescientos metros y he decidido dividirla en tres partes: la parte de atrás, la de Cancho Moreno, en la que estoy haciendo un pequeño pisito donde pretendo alojar a personas en alquiler. Más adelante en medio de la casa, mi vivienda y la parte de delante, donde tengo mi taller, la zona de trabajo y creación”.

Hablando de sus creaciones, descubro que “arteotro” al fin y al cabo es una amalgama de contrastes porque, insisto, me llama la atención saber que en un mismo metro cuadrado hay maderas polvorientas y un ordenador en el que se ven vídeos de Youtuve o máquinas rudimentarias, bien cerca de cámaras o equipo de música.  “Empecé después de hacer la primera reforma de mi casa. Yo tenía un dinero guardado y estuve dos años reformando hasta que me quedé sin un centimo. Vi que no podía seguir y monté una empresa con intenciones de que fuera mi modelo de negocio y de vida. Soy ingeniero informático y tras trabajar en varias empresas, no me apetecía tener más jefes. Empecé con diseño gráfico y diseño web. Ese mundo siempre me ha atraído y me considero bastante autodidácta. EL diseño unido a mi reforma en la casa y mi interés por la decoración de interiores, al final me ha llevado a dedicarme a este aspecto también. De hecho he terminado hace poco una obra en el Ajo Negro, en San Andrés y han quedado muy contentos”.

Esa dicotomía que siempre sale a la  palestra no me la quiero dejar atrás y se la sirvo en bandeja. Si hay una opinión grande de la ciudadanía que, con buena parte de razón, comenta la inseguridad del Casco Antiguo y la dejadez por parte de autoridades hacia esta y otras cuestiones, ¿Cuál es la flecha de cupido que este Barrio Alto os lanza al corazón de tantos artistas que venís para quedaros?. “Supongo que no es cuestión de artistas sino de la propia persona. Conozco perssonas aquí que no son artistas y viven muy felices. Es la propia persona y el Casco Antiguo que  es como es y no hay que cambiarlo. Te tiene que llenar y gustar vivir aquí. Además, desde que llevo aquí viviendo en el Barrio Alto, he visto que el turismo cada vez se incrementa más. En verano puedes encontrarte casi cada día, grupos con los guías paseando y aprendiendo nuestra historia. Los hoteles cada vez están más llenos y las alternativas de alquiler pues  también crecen. Eso me da que pensar que poco a poco Badajoz dará valor a lo que tiene. Hasta hace muy poco el edificio de las Tres Campanas era un edificio olvidado casi, y en nada será un hotel precioso en el que se  podrán alojar muchas personas. También las actividades empresariales, restauración de edificios emblemáticos,nuestras fiestas, la Semana Santa, el  Carnaval,  en fin, que yo creo que Badajoz tiene mucho que ver”.

Y lo que es mejor, que lo piense gente joven y de aquí, de la ciudad que deciden, como es el caso de Alvaro, no solo quedarse y emprender, sino hacerlo en el corazón de su ciudad, en el Barrio Alto.

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