“Cada Punto de Vista” – Armando Mazueco, un pionero en el camino de la vida

“Nos encanta el Casco Antiguo, pero para Luismi, nuestro peque de seis años, no resulta el “sitio de su recreo”.

Mi protagonista de esta semana me ha advertido ya por teléfono que la foto para  la crónica le gustaría en los columpios de la Alcazaba. “Para que sea una foto reivindicativa”, dice y se vea el estado en el que se encuentran las instalaciones donde, se supone que deben jugar los niños. A veces va con su hijo Luismi, de seis años y su marido, Juanpa, y comprueban tristes como en el Casco Antiguo no existen demasiados espacios para los peques.  Por esta y otras razones que voy conociendo antes de conocerle a él, Armando se me supone como un tipo interesante, comprometido y con las cosas muy claras. El sol va poniéndose demasiado rápido en el Barrio Alto y yo me prometo llegar con suficiente tiempo y luz para que juntos podamos subir a la Alcazaba y hacer la foto. Es por eso que voy con la hora pegada y el paso rápido, todo lo que puedo aunque aminorando velocidad cuando el sol me da de frente, porque me deja más ciega de lo que ya estoy y recurro al oído, a la intuición y a la suerte para terminar cada uno de esos pequeños tramos que duran solo segundos, pero que a mí se me hacen eternos. EL mismo sol que adoro cuando se pone rojizo y todo adquiere ese matiz bucólico, mágico, precioso, ese sol y esos paisajes que jamás me gustaría dejar de ver, pues ese mismo sol es el que me las hace pasar tan mal cuando lo tengo de frente.

Como lo de subir sola a la Alcazaba no se me plantea fácil, sobre todo por el tramo de escaleras, por llamarlas de alguna forma, que une la Plaza Alta con el Museo Arqueológico y que me resultan toda una aventura, le propongo a Armando quedar en la Plaza de España y de paso que él me ponga cara y yo a él voz y una vez presentados, tomemos el camino a la Alcazaba y eso hacemos. Acaba de conocerme y ya, como le digo medio en broma, medio en serio, además de músico, papá de un niño encantador y fabricante de Flight Cases, ahora además voy a entregarle el diploma de guía de personas con baja visión, o al menos, el diploma de guía de Susana y encima, va a empezar por lo más complicado porque, repito, ese tramo se las trae al subir, pero sobre todo, al bajarlo. Menos mal que entonces, cuando nos toca deshacer nuestra senda y una vez hecha la foto, ya nos guardamos menos las formas de entrevistado y periodista y nos tenemos más confianza y le indico cómo tiene que guiarme y que debo ser yo quien me agarre a él caminando un poco más atrás para así, notar cuando suba o baje cualquier escalón o desnivel del suelo. Hoy, desde estas líneas tengo que darle un sobresaliente, sin duda. Lo hizo genial y casi sin darnos cuenta, charlando y charlando habíamos llegado al Carmen, donde decidimos sentarnos tranquilos para hacer la entrevista, mientras el sol caía en brazos de Morfeo lentamente a nuestra espalda en el corazón del Barrio Alto.

Lo primero será pedirle su autorretrato, como marca la tradición en “Cada Punto de Vista”, pero antes tengo que asegurarme de que pronuncio bien un término que acabo de conocer, cuando le he preguntado a qué se dedica. Resulta que fabrica flight cases y yo quiero decirlo de forma correcta y puedo asegurar que me lo he venido repitiendo por el camino. Pero la palabreja tiene que estar bien puesta, y así se lo digo a Armando. Al escucharme pronunciarlo me comenta: “Esto significa algo así como caja de vuelo y son cajas en las que se guardan y transportan instrumentos”.

Pero queremos el autorretrato y saber quién es Armando Mazueco. “Soy de Jerez de los Caballeros aunque nací aquí en Badajoz porque era donde había hospitales y donde se nacía. Concretamente en la Cruz Roja. Desde pequeño me considero alguien con muchas inquietudes, muy “enrea” y me gusta mucho la música. He sido el penúltimo de nueve hermanos, todos grandes aficionados a este arte, igual que mis padres y tuve la suerte de que me enseñaran a amar la música, cada uno con sus gustos musicales. Tenían gustos  diferentes, por lo que pude captar lo bueno de cada cual”. De hecho, Armando Mazueco es técnico de sonido y ha trabajado y contribuido de manera muy importante, en alguna gran empresa de sonido. Desde muy niño, le enganchó la percusión y hoy es el batería del grupo Heiser. Recuerda cuando dejó de estudiar saxofón en cuarto curso, porque compaginaba esta actividad con su trabajo. “He sido técnico de sonido veinticinco años de mi vida y lo dejé por agotamiento. Se trata de un trabajo muy sacrificado, mucho esfuerzo, miles de noches fuera, fines de semana, la salud se resentía y tuve que darme de baja. Además, resultaba  imposible conciliar la vida familiar. Así que me reinventé y me matriculé en el Instituto San José para hacer lo que yo quería y luego me puse a fabricar flight cases”.

Pienso entonces lo que mucha gente al escucharle contar a qué se dedica y sin más, le comento que, por un lado, nos explique qué es eso de las cajas de vuelo y por el otro, si realmente de eso se puede vivir. “Flight casi, el término como tal nace en las aerolíneas americanas que empezaron a contar con este tipo de cajas para el transporte de material audiovisual tales como mesas de sonido,  cámaras, vídeos y demás, en los aviones, con mucha seguridad. Se trata de maletas de uso exclusivo para el profesional. Son muy ligeras  y resistentes. Pero entonces yo pensé ¿y si con estas construcciones, en lugar de fabricar solo maletas y cajas negras o marrones,  en un único color, simples y horrorosas por qué no hago una mesa de salón, una mesilla, una estantería o algo mucho más original y que sirva para lo mismo?”. Pues nada, dicho y hecho. Armando Mazueco y su aura de creatividad se pusieron a ello y hasta hoy que, como nos comenta legítimamente orgulloso, no existe en España alguien que fabrique estas cosas del modo en que él lo hace. Pero sin quererlo, Armando me conduce a hablar de esa vida personal suya y de esa maravillosa familia que ha formado junto con Juanpa, su marido y desde hace algunos años, también con el pequeño Luismi que les ha coloreado aún más la vida. Cuando va concluyendo la explicación de la forma en que fabrica las cajas, comenta que pone unos vinilos preciosos que le diseña su marido. “Mi marido”, pronuncia Armando con voz en letras mayúsculas. Parece como si  quisiera subrayar esas dos palabras y hacerlas salir de su boca de forma especial. Entonces le digo, ni más ni menos que lo que sé de ellos por sus vecinos y conocidos, por personas incluso que comparten con el horas de ensayos y que me han dicho que los tres son muy queridos y conocidos en el Barrio Alto. No se si esa es una de las razones de peso para que vivan allí. Pero cuando le pido que me hable un poco de su vida personal y bromeo asegurando que empieza la parte más rosa de nuestra charla, se remonta a una parte muy importante de su pasado. “Yo conocí a Juanpa hace más de veinte años y hace ahora trece que nos casamos. En toda España no sé, pero en Extremadura fuimos los primeros en dar el paso. Empezamos a conocernos y a vivir fuera del Casco Antiguo pero un día nos informaron sobre unos apartamentos y nos interesó porque nos gusta esta zona. Aquí era donde veníamos cuando éramos más jóvenes a salir y pasarlo bien de marcha, sobre todo al mítico Arrabal donde hemos vivido muchas y gratas experiencias. Somos una de las parejas más consolidadas o antiguas, sin duda”. Armando ríe conmigo pero enseguida busco un adjetivo que me parece el más adecuado. Ni consolidadas ni mucho menos antiguos, sino auténticos pioneros y personas que habéis abierto camino. No sé si de forma consciente o no. “Nosotros nos queremos y  había, por parte  de la psicóloga y el personal cualificado que nos entrevistaba, una gran ilusión y muchas ganas. Recuerdo que fue un proceso bastante duro, pero tenía que ser así. Se trataba de una persona, no de un juguete. En algún momento pensábamos que éramos ya mayores y que nunca llegaba el día. Pero en una de esas, nos llamaron y Luismi llegó por fin y ahora estamos como locos”.

Luismi les ha robado el corazón a ambos y lo dice la forma en la que Armando habla de él. Con tan solo seis años, pues lleva tres viviendo con sus dos padres, me asegura que es todo un personaje del pueblo que le está viendo crecer, le respeta y le quiere. El Casco Antiguo para él es eso. Un lugar seguro donde todo el mundo le conoce debido también a su carácter abierto y empático. Pero, sin embargo, desafortunadamente y como reclama Armando no es el sitio de su recreo, ni mucho menos. Por eso lo de la foto en la Alcazaba donde se evidencia el estado en el que se encuentran los columpios. “No existen lugares recreativos para los niños. Las instalaciones no están bien y creemos que hay mucha dejadez en cuanto a parque y zonas infantiles en el Casco Antiguo. Ahora están cerrados por todo el tema del confinamiento pero me llama la atención que la mala hierba esté cubriendo casi los columpios. Si vamos a pasear el jardín no tiene por qué estar así de descuidado, pese a que aún no se puedan usar las atracciones. Resulta una imagen lamentable el abandono de todo el entorno. Me sorprende el descuido de un lugar que nosotros pretendemos frecuentar con nuestro hijo. Podemos ir a San Francisco, de hecho lo hacemos. Pero allí no hay columpios. Hay terrazas y bares, pero no zonas de juego. Para dar una vuelta con la bici, pues vale, pero no hay nada para los chiquillos aquí en el Casco Antiguo.  SI no me confundo, el Ayuntamiento tiene aprobada la instalación de columpios en el Parque de la Legión desde el año 2017 que aún estamos esperando”. Precisamente, de las enormes posibilidades del Parque de la Legión, me han hablado más de una vez los convecinos del Barrio Alto. Así se lo hago saber a Armando quien recuerdo un evento ciudadano que se organizó una Navidad, en el que decoraron los árboles y vistieron de color y luz un lugar que está dormido y que, ojalá sepan hacerlo despertar más pronto que tarde aquellos a quien corresponda.

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